sábado, 25 de octubre de 2014

Te creo porque lo digo yo

El poder de la palabra

Estuve reflexionando mucho últimamente acerca de en qué cosas creemos y en qué cosas no.

El análisis que sigue no va a ir direccionado hacia lo intrínseco de nuestras creencias y como se ajustan con nuestro sistema mental, sino que va a tomar un poco más el hecho de quienes son los que nos dicen las cosas en las que creemos. Me quisiera focalizar en el quién, en el sujeto que se encarga de transmitir los mensajes que nosotros, los receptores, tenemos que decidir si creer o no.
Para analizar a quien le creemos, hay que tener en cuenta el concepto de confianza. Confiar puede definirse como “Esperar con seguridad y credulidad que algo suceda o que alguien se comporte como se desea”. Confiar es creer en algo. Confiar implica tener fé y esperanza en que las cosas van a ocurrir como creemos que van a ocurrir. Creencia es algo que existe en la mente humana, es algo abstracto interno. Si confiamos en una creencia es porque esperamos que eso en lo que creemos va a ser (o es) algo real.
Las creencias provienen de la interacción diaria con el medio. La sensación de calor que causa el sol en nuestra piel va a producir la creencia de que si estamos al sol vamos a tener calor en nuestra piel. La saciedad que causa a nuestra sed el tomar agua va a causar la creencia de que tomar agua sacia la sed. Y la lista puede continuar. De todas formas, en estos casos no existe otra persona más que una. Solo una persona en relación con el medio. Cuando aparece un tercero en esta relación, la cuestión cambia. Puede darse la situación de que alguien nos diga que el sol causa calor en nuestra piel, y luego nosotros comprobemos que es así, y por esa razón creamos en eso. También puede darse la situación de que el otro nos mienta diciendo que tomando cierta bebida nuestra sed será saciada, y que dicha bebida nos cause mas sed. Por esa razón, vamos a creer que esa bebida, al contrario de lo que nos dijeron, no sacia la sed. Pero a estas creencias se suma la confianza a la persona. A la primera le vamos a creer, a la segunda ya no. Tan fácil como que hay gente que miente o gente que dice la verdad. De esa forma primigenia se construye la confianza, comprobando que lo que nos dice alguien es real. Entonces este acto comunicativo posee dos fenómenos en un mismo acto: se genera la creencia (o no) en el hecho enunciado, y aumenta (o no) la confianza en la persona. Todo en el mismo proceso.
Un tema es analizar estas situaciones cuando en la misma se presentan dos o más personas que se encuentran cara a cara y que interactúan con formas de comunicación primaria, como lo es el dialogo, como, por ejemplo, en interacciones que se dan tomando un café o charlando mientras se espera al colectivo. Simplemente hay que analizar la relación que existe entre los interactuantes, que opinión tiene cada uno del otro, y demás cuestiones. Lo que interesa en este análisis es saber que pasa en las situaciones donde existe alguien que dice algo, pero desconocemos quien es, sin saber siquiera el más mínimo dato. La pregunta es: ¿Por qué creemos o confiamos en cosas que escuchamos o leemos sin siquiera conocer quién es (o como es) el emisor del mensaje?
Mi teoría es que a veces creemos a gente que no conocemos o a cosas que escuchamos (como en radio o en una grabación, en la que no sabemos quién es el que emite los sonidos), o que leemos sin conocer el autor porque al desconocer quién es el emisor podemos ver en mensaje en lo que es intrínsecamente, y no estamos condicionados por quien lo dice. Entonces, lo que va a ocurrir es que vamos a tender a ver en ese mensaje algo de nosotros mismos. Y mientras más nos veamos en ese mensaje, mas vamos a creer en él. Si nos vemos en el mensaje, que puede ser una publicidad, o una obra de arte, una canción, un poema, un ensayo o lo que sea, vamos a tender a confiar y creer en eso que se dice. Esto tiene que ver con el concepto de endogrupo, con el cual nos sentimos con más seguridad con miembros del grupo en el que pertenecemos o al que sentimos pertenecía. De todas formas, en estos casos mencionados, donde el emisor del mensaje no es un personaje concreto (no es alguien que efectivamente se encuentra enfrente de nosotros, en carne y hueso) sino mas un personaje abstracto (alguien que reconocemos como humano solo porque estamos leyendo o escuchando que alguien dice algo, no porque efectivamente lo veamos), el endogrupo no se refiere a personas que vemos, percibimos o conocemos, sino que se refiere a la proyección que hacemos de nosotros mismos en ese texto. Dicho con otras palabras, creemos en ese mensaje porque es en parte producido por uno mismo, aunque nosotros no hayamos escrito o dicho esas palabras.
Ahora, para poner un ejemplo, supongamos que leemos una frase cualquiera en Twitter o en la vía pública, algo como “Mañana va a ser un mejor día”, y desconocemos totalmente quien escribió eso. La única referencia que tenemos del autor de ese mensaje es que es humano porque sólo los humanos podemos utilizar el lenguaje. Entonces, ¿Qué más podemos pensar del emisor? Nada. Podemos hacer suposiciones la forma de escritura, por la ubicación o el medio por el cual percibimos el mensaje, etc. Pero más allá de esas suposiciones, el emisor podría ser cualquier persona. Y ahí está la cuestión. Como podría ser cualquier persona, efectivamente puede ser cualquiera. Y dentro del conjunto “cualquier persona” entra el receptor del mensaje. Entonces, yo, lector del escrito, oyente del discurso, puedo ser el mismo autor del mensaje. Evidentemente, no lo soy, pero podría serlo. Y de allí, lo único que consideramos para pensar si ese mensaje es verdad o no es si nosotros lo emitiríamos o no. Si estamos teniendo un día malo, y sabemos que mañana va a ser mejor, creemos en ese mensaje que mencione al principio del párrafo. Si, al contrario, tenemos un ánimo pesimista y pensamos que mañana no va a ser mejor, no creemos en ese mensaje. Lo que hace que confiemos o no depende, en estos casos, en si uno diría eso. Entonces, al final, la confianza vendría de la mano no de quien lo dice, sino de quien lo percibe. Y esto mismo se da con otras situaciones más complejas. Si uno está leyendo un libro del que se desconoce el autor y cree en lo que el mismo dice, es por esta razón, porque es algo que el lector escribiría. Y así podrían seguirse los ejemplos y las situaciones, pero ya quedaría para un análisis más extenso. Lo importante seria analizar porque creemos en lo que nos comunican, y reflexionar en que tanto de nosotros mismos reconocemos en los mensajes que percibimos.
Cabe aclarar que este análisis, al tratarse de situaciones en la que no se conoce al autor, no considera aspectos como la confianza del receptor en el emisor por ser una figura de autoridad, o por tener prestigio. En esos casos, lo que ocurre es que existe en la mente del receptor la posibilidad de haber producido ese mensaje, pero la misma es menor porque se reconoce quien hizo el mensaje, al contrario de las otras situaciones mencionadas. Si estamos con una persona concreta y ella nos dice “mañana va a ser un mejor día”, vamos a creerle o no de acuerdo a si confiamos o no en esa persona, si nos identificamos o no con ella, además de si nosotros diríamos o no esa frase. Ahí si interviene mucho la capacidad del emisor. Pero cuando el emisor desaparece físicamente y pasa a ser una entidad mental abstracta y llena de huecos, la llenamos con nuestra persona, y de allí decidimos si creemos o no con los criterios ya mencionados.
Lo mejor para ilustrar este análisis va de la mano de un ejemplo. Vean la siguiente obra de arte:



Todos pueden percibirla como mensaje inspirador e interpretarla de la forma que quieran. Pero en el momento que se conoce el autor, algunas personas pueden sentir rechazo y pueden dejar de identificarse con la obra. Bueno, el autor de esa pintura fue Hitler. Ahora, ¿cambio la pintura solo por saber eso? La respuesta es no. No cambió en lo más mínimo. Lo que sí cambio es como se percibe. Con esto, quiero mostrar que el mismo mensaje puede ser muy diferente de acuerdo a quien lo dice. Y eso es lo importante en toda la comunicación. No sólo quien dice qué, sino como se percibe, con el objetivo de para ser tomado en cuenta y para tomar conciencia en que creemos o decidimos creer.

sábado, 18 de octubre de 2014

Tomo un desafío y lo hago propio

Hoy, después de un tiempo, vuelvo al blog, pero con un cuento que escribí en un desafío. Simplemente trata un poco acerca de como momentos tan comunes son infinitamente significativos si los vemos lo suficiente. De algún lugar las cosas son como son. Acá está:



-         ¿Verdad?
-         Verdad
-         ¿Posta?
-         Más vale
Parecía una charla tan inocente. Una conversación que no sobresale para nada de ninguna otra. Se da entre dos personas, que parecen ser amigas; no hay subidas de tono, no hay gestos raros, nada del otro mundo. Pero para él, ese intercambio de palabras valía más que cualquier cosa que pudiera desear.
-         Che, y hablando de otra cosa, ¿vos como andas?
De repente, apareció esa consulta. Como el resto de la situación, parecía inocente, incapaz de modificar algo. Una pequeña frase tan pasajera, tan usada, ya sin valor. Pero él sabía que no era así. Sabía que esa pregunta no era inocente. Sabía que esa pregunta era un peligro, una advertencia que, lamentablemente, aprendió con el tiempo. Era su perdición: Él se había perdido en esa frase años atrás.
-         Y, en lo general bien - (Él sabía que iba a salir esa pregunta. Ya pasó tiempo desde que había caído en esa trampa – esa trampa,llena de…)- Igual, ¿Por qué preguntás? Digo, ¿Qué querés saber?
-         Quería saber cómo andas, que es de tu vida.
De nuevo. Este dialogo no parece ser nada raro. No era nada raro. ¿Cuántas veces él, o cualquiera, había tenido conversaciones así? Como quien habla del clima, como quien va a la peluquería y conversa de cosas que saben ambos, peluquero y cliente, que no son trascendentes, como quien saca charla para que no haya silencios incómodos. Son conversaciones que llenan espacio, que no causan cambio.
Pero ésta, en particular, si los causaba.
-         Bueno, como te dije, ando bien. Un poco enquilombado, tengo que organizar unas entrevistas para el trabajo, y me atrase con un cliente, pero nada que no haya pasado antes - (Él sabía que no era eso lo que preguntaba. Él sabía que no era eso lo que realmente quería responder. Pero no quería caer en la trampa. No quería. No lo deseaba). De todas formas, continuó diciendo– Igual, también ando medio desanimado, debe ser porque empecé natación y me duele todo el cuerpo. ¿vos?
No iba a dejar que ocurra. No podía ser. Él sabía que no podía ser. Pero la trampa lo supero de nuevo. Y su interlocutor respondió:
-         Bien, re contento por suerte, ¡al fin la pegue! Vos ya sabes con quien estoy saliendo, andamos re bien… Igual, contame más, ¿Porqué andas desanimado?
¿Por qué lo superó? Porque el  quería. De nuevo a él le tocaba responder:
-         … -él no podía, no quería (si quería) mirar sus ojos. Él no pudo responder nada.
-         ¿No me vas a decir?
-         Nada, es por natación – mintió.
Después de esta respuesta, él miro sus ojos. No quiso ni saber el color. No le interesaba eso. Solo quería dejar en claro que era mentira lo que estaba diciendo. Que era claro que sí le pasaban cosas. Sólo que él se hartó de caer en la misma siempre. Hundirse en esa pregunta tan inocente y a la vez tan poderosa. Porque, ¿quien realmente quiere escuchar cómo está el otro? ¿Quién sinceramente es capaz de querer oírlo, a él? ¿O a cualquiera? ¿Qué ganás? Bueno. Esos ojos, los del color desconocido, si mostraban ese interés. Si querían saber qué había abajo de toda esa piel, detrás de toda esa conversación sin sentido, atrás de esa fachada que todos tenemos, escondida en esa excusa de la natación. Y esa era la tentación. Ese interés. Ese genuino interés. Ese maldito interés. Y esa era la trampa también. Esa engaño que esos globos oculares le tendían, le ofrecían. Dos cosas tan simples como unos ojos y una pregunta valían todo el universo para él. Lo valían y lo seguían valiendo.
Increíble, ¿no? Con solo un “¿Cómo andas?” él ya se volvía loco. Desesperado como para salir corriendo. Insano como para romper el vaso que tenía en la mano y escapar. Huir. Desaparecer. Alejarse de esos ojos sin color, o de todos los colores. Esas pupilas que prometen, que prometieron, que prometían. Que llevaban a una mentira. Esos ojos que, después de tanta promesa, después de un tiempo, se cerraron, y con ellos la pregunta. Esa frase dejo de formularse, esos colores desconocidos dejaron de estar. (Hacía tiempo que paso eso. Años. Y por eso él no quería caer de nuevo en eso. Ya sabia lo que ocurría, y él no quería pasar por eso de nuevo). Solo que ahora, esas retinas volvían. Después de largo tiempo, regresaban. Pero él ya había aprendido.
De allí, la conversación siguió por otro lado. Él, que miró a esos ojos para decir que era mentira su respuesta, que no era que no le pasaba nada y que no era culpa de la natación, (que, la verdad, estaba mal por otros miles de temas, que esperaba que la persona que poseía esos no-colores cambiara, que no lo dejara de nuevo, que cumpla su promesa, que lo ayude a ser feliz) decidió no caer de nuevo. No quería.
Pero la verdad, el sí quería.