sábado, 18 de octubre de 2014

Tomo un desafío y lo hago propio

Hoy, después de un tiempo, vuelvo al blog, pero con un cuento que escribí en un desafío. Simplemente trata un poco acerca de como momentos tan comunes son infinitamente significativos si los vemos lo suficiente. De algún lugar las cosas son como son. Acá está:



-         ¿Verdad?
-         Verdad
-         ¿Posta?
-         Más vale
Parecía una charla tan inocente. Una conversación que no sobresale para nada de ninguna otra. Se da entre dos personas, que parecen ser amigas; no hay subidas de tono, no hay gestos raros, nada del otro mundo. Pero para él, ese intercambio de palabras valía más que cualquier cosa que pudiera desear.
-         Che, y hablando de otra cosa, ¿vos como andas?
De repente, apareció esa consulta. Como el resto de la situación, parecía inocente, incapaz de modificar algo. Una pequeña frase tan pasajera, tan usada, ya sin valor. Pero él sabía que no era así. Sabía que esa pregunta no era inocente. Sabía que esa pregunta era un peligro, una advertencia que, lamentablemente, aprendió con el tiempo. Era su perdición: Él se había perdido en esa frase años atrás.
-         Y, en lo general bien - (Él sabía que iba a salir esa pregunta. Ya pasó tiempo desde que había caído en esa trampa – esa trampa,llena de…)- Igual, ¿Por qué preguntás? Digo, ¿Qué querés saber?
-         Quería saber cómo andas, que es de tu vida.
De nuevo. Este dialogo no parece ser nada raro. No era nada raro. ¿Cuántas veces él, o cualquiera, había tenido conversaciones así? Como quien habla del clima, como quien va a la peluquería y conversa de cosas que saben ambos, peluquero y cliente, que no son trascendentes, como quien saca charla para que no haya silencios incómodos. Son conversaciones que llenan espacio, que no causan cambio.
Pero ésta, en particular, si los causaba.
-         Bueno, como te dije, ando bien. Un poco enquilombado, tengo que organizar unas entrevistas para el trabajo, y me atrase con un cliente, pero nada que no haya pasado antes - (Él sabía que no era eso lo que preguntaba. Él sabía que no era eso lo que realmente quería responder. Pero no quería caer en la trampa. No quería. No lo deseaba). De todas formas, continuó diciendo– Igual, también ando medio desanimado, debe ser porque empecé natación y me duele todo el cuerpo. ¿vos?
No iba a dejar que ocurra. No podía ser. Él sabía que no podía ser. Pero la trampa lo supero de nuevo. Y su interlocutor respondió:
-         Bien, re contento por suerte, ¡al fin la pegue! Vos ya sabes con quien estoy saliendo, andamos re bien… Igual, contame más, ¿Porqué andas desanimado?
¿Por qué lo superó? Porque el  quería. De nuevo a él le tocaba responder:
-         … -él no podía, no quería (si quería) mirar sus ojos. Él no pudo responder nada.
-         ¿No me vas a decir?
-         Nada, es por natación – mintió.
Después de esta respuesta, él miro sus ojos. No quiso ni saber el color. No le interesaba eso. Solo quería dejar en claro que era mentira lo que estaba diciendo. Que era claro que sí le pasaban cosas. Sólo que él se hartó de caer en la misma siempre. Hundirse en esa pregunta tan inocente y a la vez tan poderosa. Porque, ¿quien realmente quiere escuchar cómo está el otro? ¿Quién sinceramente es capaz de querer oírlo, a él? ¿O a cualquiera? ¿Qué ganás? Bueno. Esos ojos, los del color desconocido, si mostraban ese interés. Si querían saber qué había abajo de toda esa piel, detrás de toda esa conversación sin sentido, atrás de esa fachada que todos tenemos, escondida en esa excusa de la natación. Y esa era la tentación. Ese interés. Ese genuino interés. Ese maldito interés. Y esa era la trampa también. Esa engaño que esos globos oculares le tendían, le ofrecían. Dos cosas tan simples como unos ojos y una pregunta valían todo el universo para él. Lo valían y lo seguían valiendo.
Increíble, ¿no? Con solo un “¿Cómo andas?” él ya se volvía loco. Desesperado como para salir corriendo. Insano como para romper el vaso que tenía en la mano y escapar. Huir. Desaparecer. Alejarse de esos ojos sin color, o de todos los colores. Esas pupilas que prometen, que prometieron, que prometían. Que llevaban a una mentira. Esos ojos que, después de tanta promesa, después de un tiempo, se cerraron, y con ellos la pregunta. Esa frase dejo de formularse, esos colores desconocidos dejaron de estar. (Hacía tiempo que paso eso. Años. Y por eso él no quería caer de nuevo en eso. Ya sabia lo que ocurría, y él no quería pasar por eso de nuevo). Solo que ahora, esas retinas volvían. Después de largo tiempo, regresaban. Pero él ya había aprendido.
De allí, la conversación siguió por otro lado. Él, que miró a esos ojos para decir que era mentira su respuesta, que no era que no le pasaba nada y que no era culpa de la natación, (que, la verdad, estaba mal por otros miles de temas, que esperaba que la persona que poseía esos no-colores cambiara, que no lo dejara de nuevo, que cumpla su promesa, que lo ayude a ser feliz) decidió no caer de nuevo. No quería.
Pero la verdad, el sí quería. 

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