Tiene todo perfectamente delimitado, excepto los limites.
Me gusta pensar en lo imperfecto
de la forma en la que nos comunicamos. Es prácticamente imposible poder
expresar con total delimitación y graduación lo que pensamos, sentimos y
percibimos a otra persona. Esto es porque el canal que usamos para hacerlo, el
lenguaje que usamos para comunicarlo, las formas de expresión que usamos para
transmitirlo, no es de la misma naturaleza con la que procesamos lo que
vivimos. El conjunto de sentimientos, la cantidad de pensamientos, nuestro
contexto y como llegamos a ellos se tienen que resumir obligatoriamente para
poder ser comunicados, y esto hace que sea, en principio, imposible trasmitir
de forma perfecta (*).
Los productos del proceso de percepción
son esencialmente diferentes a los productos del proceso de expresión. Esto es así porque en el medio de estos dos existe el producto de la actividad humana (con
todo lo que eso implica). Simplemente, lo que decimos no es lo mismo que lo que pensamos. Esto hace que no podamos definir de forma exacta todo
lo que nos provocan cosas como la majestuosidad de un atardecer, o la
imponencia de una maravilla natural, y la debamos resumir en simples “Que lindo
atardecer” y “Que impresionante cascada”. No existe forma de saber si el que
nos acompaño a conocer esa cascada o con quien se está disfrutando del
atardecer sienten o piensan lo mismo que uno. Es muy posible que ambos estemos
mirando lo mismo, pero es muy poco probable que estemos, básicamente, sintiendo
lo mismo. Si intentáramos expresar lo que pensamos sobre esa situación,
poniendo un esfuerzo de más, comprenderíamos que el otro tiene una mirada
diferente sobre la misma imagen. También es posible que el otro no sea capaz de
entender lo que esa imagen nos causa, ni nosotros de entender lo que le causa a
nuestro compañero, y eso, en principio, nos frustraría, porque toda comunicación
fallida ocasiona, en principio, frustración.
Este hecho, aunque común, a veces
trae complicaciones. En el ejemplo dado, estoy tratando situaciones con poca
importancia. Hechos tan efímeros como un atardecer o la caída del agua en una
catarata, no ocasionan tantos problemas si no podemos trasmitir todas nuestras
sensaciones a los demás. Son hechos repetibles, y que nuestro receptor puede
recrear. Hay situaciones en las que esta imperfección comunicativa trae serios
problemas, como el caso de personas con depresión, con pensamientos suicidas, con
desordenes alimenticios, y centenas de ejemplos más. Al ser incapaces de
expresar con totalidad lo que se siente, a veces la persona no puede pedir
ayuda. Esto ocurre en los dos sentidos: el que quiere expresar no puede
hacerlo, o el destinatario no puede recibir el mensaje. Podemos ser incapaces
de emitir palabra cuando tenemos paranoia, o el otro puede ser incapaz de entender lo que es tener paranoia. También
juega en el proceso de la imperfección de la comunicación la experiencia del
otro. Es más fácil hablar con alguien que ya ha vivido las mismas situaciones
que uno que con alguien que no. Por eso mismo ocurren situaciones donde se
genera incomprensión en las relaciones entre personas: por la incapacidad de “ponerse
en el lugar del otro”. Creo que solo quienes sufrieron la pérdida de un ser
querido o la alegría inmensa de estar con la persona deseada pueden entenderse
entre sí, y esta es una forma de empezar de vencer este defecto de la comunicación:
encontrar a quien haya pasado por la misma o por similar situación, y desde
esas situaciones buscar la comprensión.
Ahora, mencioné que me gusta
pensar en lo imperfecto de esto, y en parte estoy mintiendo. Me pone ansioso
pensar en lo imperfecto. Me gusta porque es real; me pone ansioso, no me gusta,
por todo lo que no es. En la mente de muchas personas y en la pluma de muchos filósofos
paso la idea de que los demás no pueden, ni van a poder, comprenderlo a uno
mismo en su totalidad, o sentir de la misma forma que uno lo hace. Y en forma
inversa, nunca vamos a poder comprender totalmente al otro. Eso es un hecho,
por el mismo mecanismo de comunicación, que es, como mencioné, imperfecto en
sí. A lo único que podemos aspirar es a tener confianza en lo que creemos que
le pasa al otro, a pensar que el otro vive en el mismo mundo que uno mismo, o
justamente lo contrario, a pensar que el otro vive en un mundo completamente
diferente al nuestro. Tan solo podemos aspirar a ser imperfectos, y a sentir y
comprender al otro de la forma que uno puede.
En base a todo esto, y hablando
de la conexión, se puede llegar a una conclusión que podría pensarse como
pesimista, pero yo prefiero verla como realista: El ser humano nace, vive y
muere solo. Con esto me refiero a la
soledad que causa no poder conectarse uno mismo, en su totalidad, con la totalidad otro. Siempre va a haber una
parte nuestra guardada, que solo conocemos nosotros (y algunas partes que ni
siquiera nosotros conocemos). Y también, los demás van a tener la suya. Esto
mismo garantiza una cosa, que es la segunda conclusión: El ser humano nace,
vive y muere libre. Libre en el
sentido de que nadie nos va a poder conocer o controlar en la totalidad. Libre en el sentido que
tenemos libertad para expresarnos o dejar de expresarnos a nuestra voluntad. No
todo, hay cosas que si hacemos en contra de nuestra voluntad, pero siempre va a haber una parte solo nuestra. Y una tercera conclusión
nace de esto: El ser humano nace, vive y muere siendo único. Esa parte nuestra incomunicable, esa parte nuestra
que nos hace no poder comprender al otro en su totalidad, nos trae unicidad. Y
por esa unicidad, por ese carácter particular que cada uno tiene, se ocasiona
esta “imperfección” en la comunicación. No somos todos iguales, y por eso no
podemos comunicar de forma total lo que sentimos o pensamos. Simplemente,
porque cada uno lo hace a su manera. Y por eso me gusta esa imperfección: demuestra lo que es el ser humano.
(*)La comunicación, como proceso, degenera y regenera
la fuente del mensaje. Esto provoca algunos efectos curiosos, como mencione en esta entrada. El uso del lenguaje debe
resumir significados, acotarlos, y en este proceso se pierden y se ganan muchas
cosas, pero a efectos de este articulo, el uso del lenguaje imposibilita la perfección
de la comunicación.
Dicen que Leonardo (Da Vinci) decía que el hombre era la medida de todas las cosas...pensamiento que comparto, así como la imagen de "soledad", como sinónimo de "unicidad", cada ser humano es único e irrepetible. Nadie puede decir a ciencia cierta para que estamos en este mundo, pero hay un hecho irrefutable, difícilmente nos vamos de él tal como llegamos (no hablo del punto de vista del cuerpo, ya que llegamos desnudos y así nos vamos), podríamos decir entonces que estamos para aprender y la enseñanza forma parte de ese aprendizaje individual. Los hombres tomamos experiencias de los demás, y las comunicamos a otros, lo hacemos naturalmente, aun que no hagamos nada. Comunicamos aunque no queramos y por tanto no es extraña la imperfección del proceso, lo que nos lleva a asumir que, más allá del interés académico, no es muy lógico insistir en perfeccionar lo que, por naturaleza, no lo es. Esto no implica dejar de aspirar a mejorar, tan solo asumir que el "karma" es aspirar a un objetivo que, de antemano, sabemos no es alcanzable. Saber y asumir esto es ganar en profesionalidad, y aunque se pierde en apasionamiento se crece. Creo que tan solo de eso se trata, de crecer.
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